Joel Pacheco Gonçalves
La conversación sobre los data centers se ha reducido a una sola imagen. Y es la equivocada.
En algún lugar del norte de Virginia, un residente llamado John Steinbach abrió su factura de electricidad en enero y se encontró con 281 dólares mirándolo de frente. Su factura habitual rondaba los 100 dólares. Llevaba casi 40 años viviendo en esa casa. La explicación que escuchaba una y otra vez era siempre la misma: los data centers. La IA. La expansión.
No está solo en su frustración. Solo en el primer trimestre de 2026, al menos 75 proyectos de data centers por un valor cercano a los 130.000 millones de dólares fueron bloqueados o aplazados, según la firma de investigación Data Center Watch. En ciudades y estados de todo el país se están aprobando moratorias. Más de 800 grupos trabajan hoy en 49 estados para oponerse a unos 1.500 data centers proyectados. El rechazo es real. Es bipartidista. Y las preocupaciones que lo motivan son legítimas.
Pero esto es lo que se está perdiendo en esa conversación: no todos los data centers son iguales.
La instalación que acapara los titulares es algo muy concreto
Cuando alguien imagina hoy un data center, imagina un campus de IA hyperscale. Se trata de instalaciones enormes, construidas específicamente para las cargas de trabajo más intensivas en cómputo del planeta: entrenar grandes modelos de lenguaje, operar plataformas en la nube a escala global, almacenar y procesar datos de miles de millones de usuarios. Las empresas que los construyen, los grandes proveedores de nube y los desarrolladores de IA, están invirtiendo cientos de miles de millones de dólares en esta infraestructura porque la demanda es real y crece a gran velocidad.
Y la huella también lo es. Algunos de estos campus se extienden por miles de acres. Consumen cantidades significativas de energía de las redes eléctricas regionales y requieren grandes volúmenes de agua para la refrigeración. Las comunidades están preocupadas por el alza en las tarifas eléctricas, el enorme consumo de agua y los subsidios públicos, en forma de exenciones fiscales, que reciben los desarrolladores de data centers. Ese es un debate de política pública legítimo. La industria lo sabe. Muchos de los grandes actores están trabajando activamente en enfoques más sostenibles, desde la refrigeración líquida hasta los compromisos con energías renovables y los acuerdos con las comunidades que abordan directamente el impacto local.
Pero la imagen de un campus de IA del tamaño de una nave industrial se ha convertido en el modelo mental de todos los data centers. Ahí es donde la conversación se desmorona.
Hay un ecosistema, no un monolito
La mayoría de la gente no sabe que “data center” es un término genérico que engloba al menos cinco tipos de instalaciones significativamente distintas entre sí. Los data centers empresariales (enterprise) son instalaciones privadas que las compañías construyen y operan para su propio uso. Las instalaciones gestionadas y alojadas (managed y hosted) son versiones tercerizadas de lo mismo. Los hyperscale atienden las cargas de trabajo de nube e IA. Las instalaciones edge acercan el cómputo a los usuarios finales para reducir la latencia.
Y luego está el que nadie menciona en la narrativa del rechazo: el hub de interconexión.
Estas instalaciones, históricamente conocidas como carrier hotels, funcionan como el punto de encuentro físico de internet. Son el lugar donde las redes intercambian tráfico directamente entre sí, sin enrutarlo a través de la internet pública. Los hubs de interconexión sirven como hogar físico de los internet exchange points, los cloud on-ramps y las content delivery networks, creando una única ubicación donde redes, proveedores de nube y plataformas de contenido pueden interconectarse directamente. Esa concentración reduce la latencia, elimina saltos de enrutamiento innecesarios y mantiene el tráfico local cuando no necesita viajar de forma global.
No se miden en acres. Se miden en conexiones.
El entramado que nadie ve
Pensemos en internet como una ciudad. Los campus de IA hyperscale son las centrales eléctricas que se construyen en sus afueras. Esenciales. Transformadoras. Cambian el paisaje de formas que merecen un debate serio. Pero la ciudad sólo funciona gracias a algo más: las calles, los cruces, los nudos donde unos sistemas les pasan el relevo a otros.
Los hubs de interconexión son esos nudos. Los internet exchange points de hoy alojan a múltiples carriers que se interconectan a través de un switching fabric compartido. Los exchanges más grandes del mundo cuentan con cientos de participantes y se extienden por varios edificios e instalaciones de colocación a lo largo de una ciudad. No sirven a la carga de trabajo de IA de una sola empresa. Sirven a todo el ecosistema: ISPs, carriers, content delivery networks, proveedores de nube, plataformas de streaming, operadores de telecomunicaciones, empresas. Todos los que necesitan llegar a todos los demás.
La huella es fundamentalmente distinta. También lo es el propósito. Un hub de interconexión no se define por los megavatios que consume ni por los acres que ocupa. Se define por la densidad de redes presentes y por la calidad de las rutas entre ellas.
En MDC, esta es la infraestructura en torno a la cual hemos construido nuestro trabajo. MEX-IX, el internet exchange que operamos en la frontera entre Estados Unidos y México, gestiona más de 500 Gbps de tráfico pico. Ese tráfico representa conectividad real para carriers e ISPs que atienden a personas reales en mercados desatendidos a ambos lados de la frontera. La huella se mide en fibra y cross-connects, no en torres de refrigeración.
Por qué importa la distinción
El rechazo a los data centers va a generar regulación. Parte de ella será buena. Parte será tosca. Y una regulación tosca que trate a un gran campus de entrenamiento de IA igual que a un hub de interconexión carrier-neutral terminará rompiendo lo que no debía.
La infraestructura que conecta internet no debería ser un daño colateral en una disputa sobre la infraestructura que entrena modelos de IA. No pertenecen a la misma categoría. No consumen los mismos recursos. No cargan con las mismas obligaciones hacia la comunidad.
Entender la diferencia no es solo una cuestión técnica. Es una cuestión de política pública. Y la industria ha sido demasiado discreta a la hora de defender ese argumento.
La conversación sobre los data centers necesita un vocabulario más preciso.